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  • Marta Prieto Asiron - Marketing, Desarrollo Personal

  • Marta Prieto Asiron

Domingo, 21 de Enero del 2018

» Innovación y Creatividad - Te recomiendo
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» ¿Imposible?

 

Que nuestro cuerpo envejezca es un mal asunto, pero de momento no hay nada que podamos hacer para impedirlo. Para los que pasamos de los 30, sería aún más deseable no sólo congelar nuestro envejecimiento, sino retroceder los cambios que el tiempo ha obrado en nuestras células. El regreso imposible a la gloria del pasado. ¿Imposible? Hace unos días leíamos que unos científicos habían conseguido dar marcha atrás al reloj biológico de unos ratones con síntomas de vejez. ¿Nos estamos acercando a la fuente de la eterna juventud o es otro de tantos espejismos que últimamente saltan del laboratorio a las páginas de los periódicos? 

El descubrimiento es, sin lugar a dudas, espectacular. Activando el gen que fabrica una proteína llamada telomerasa, se puede convertir un ratón viejo en uno de aspecto joven. Las mejoras se ven, por ejemplo, en el cerebro, que vuelve a generar neuronas y a aumentar de tamaño (con la edad suele encogerse). También se recuperan la fertilidad y otras características perdidas. En principio todo esto parece genial pero... ¿hay algún truco?

Primero hay que considerar que estos no eran ratones normales, sino animales genéticamente modificados para envejecer prematuramente. Es una diferencia menos sutil de lo que parece. Se trata del equivalente a los humanos que sufren enfermedades raras como la progeria, que en algunos casos mueren antes de la pubertad con el aspecto de un anciano de 90 años. En principio, este estudio nos diría que una dosis extra de telomerasa podría devolver los órganos de estos enfermos a su edad real. Lo que el experimento de los ratones no indica es que la estrategia tenga que funcionar también en personas sanas. El envejecimiento normal y el que vemos en la progeria comparten algunas características, pero no son exactamente iguales.

Hay más problemas. La telomerasa está normalmente desactivada en la mayoría de nuestras células por una buena razón: tiene la peculiaridad de dotar de inmortalidad a las que la fabrican. Esto que sobre el papel parece tan deseable, es una de las características típicas de las células cancerosas. Dicho de otra manera: muy probablemente no podríamos disfrutar de la juventud que nos daría una sobredosis de telomerasa porque aumentaríamos espectacularmente la posibilidad de generar tumores. Por lo menos esto nos dice la teoría.

Otro punto que hay que tener en cuenta es que ratones y humanos sufrimos procesos de envejecimiento bastante diferentes, y no sólo en lo que se refiere a nuestras fechas de caducidad. La telomerasa repara unas estructuras llamada telómeros, que vienen a ser como un contador de la edad de una célula: cuanto más vieja, más cortos son sus telómeros. Las longitudes iniciales de los telómeros de humanos y ratones no son parecidas, y el ritmo de acortamiento tampoco. Esto hace que sea difícil extrapolar lo que funciona en una especie a la otra. Es cierto que existen estudios que relacionan la longitud de los telómeros y la telomerasa con la longevidad humana, como discutimos recientemente, por lo que no hay que descartar, ni mucho menos, que por aquí lleguen finalmente los éxitos en el campo de la medicina anti-envejecimiento.

Y, finalmente, la forma de forzar estos animales a fabricar más telomerasa ha sido manipular los genes de los embriones del ratón. Esto es inviable en el caso de los humanos, naturalmente. Así pues, si llegáramos a confirmar algún día la relación entre cantidad de telomerasa y juventud (y nos aseguráramos de que no hay efectos secundarios inesperados), el problema pasaría a ser cómo conseguir activarla en nuestras células. La terapia génica sería una buena candidata, pero es una técnica que, como ya hemos comentado, aún no dominamos.

A pesar de todas estas consideraciones, el mérito indiscutible de este trabajo sigue siendo el demostrar que los efectos del envejecimiento de un organismo pueden ser reversibles. Esto es un descubrimiento sorprendente. Rompe esquemas y abre un montón de nuevas posibilidades. Pero hay que insistir que aún nos queda mucho por aprender en este campo. Incluso estudios que parecen sólidos, como el que vimos hace unos meses en este blog que relacionaba ciertos marcadores genéticos con la longevidad, se están poniendo en entredicho. Por lo menos ahora tenemos el consuelo de pensar que algún día no sólo viviremos 100 años si no que además dejaremos unos cadáveres bonitos y tersos, dignos de salir fotografiados en las revistas del corazón.

 


Regreso al pasado.-07DIC2010




 
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